domingo, 20 de agosto de 2017

San Pío X, 21 de agosto



«Papa de la Eucaristía, gran reformador, celoso sacerdote y carismático pastor; un hombre sencillo y abnegado que asumió la altísima misión de regir a la Iglesia en medio de conmovedoras lágrimas, confesando su sentimiento de indignidad»

«Para alabar a Dios bien, no se necesita ser sabio», decía Giuseppe M. Sarto, segundo vástago de los diez nacidos en una humilde familia de Riese, Italia, donde nació el 2 de junio de 1835. Su padre, cartero, murió cuando él se hallaba en plena juventud, pero su madre, que hizo un ímprobo esfuerzo para poder darle adecuada formación, tendría la alegría de verle con el solideo cardenalicio; había visto crecer a su pequeño «Beppi» recordando por activa y por pasiva que sería sacerdote. La excelente formación catequética marcó al futuro pontífice. Precisamente la catequesis fue una de las líneas significativas de su pontificado porque sabía el bien que una preparación rigurosa reporta a la fe, especialmente a estas edades. Una beca del párroco le permitió seguir cursando estudios en Castelfranco Veneto, aunque para ello debía recorrer diariamente 8 km., una distancia que efectuaba a pie dos veces.

Sus arduos sacrificios dieron resultado, y en 1850, con otra ayuda que recibió del obispo de Treviso, se trasladó al seminario de Padua. Fue ordenado previa dispensa en 1858. Durante nueve años ejerció como vicepárroco de Tombolo y en 1867 fue designado párroco de Salzano (diócesis de Treviso). Si en Tombolo había abierto una escuela nocturna para adultos, en Salzano y Treviso mantuvo esta línea ocupándose de ellos y también de los jóvenes. Sufragó las obras de ampliación del hospital de esta ciudad, restauró la iglesia y mostró su generosidad y abnegación con los afectados por la epidemia de cólera. Desde 1875 a 1878 fue director espiritual y rector del seminario, canónigo, vicario general y capitular a la muerte del prelado Zanelli.

En noviembre de 1884 fue designado obispo de Mantua, una diócesis difícil, presa de divisiones entre el clero. En su ejercicio pastoral tuvo como singular punto de mira la formación de este colectivo. Impartió en el seminario teología moral y dogmática; era seguidor de la doctrina tomista. En 1893 León XIII lo nombró cardenal de San Bernardo alle Terme, y casi a renglón seguido patriarca de Venecia, en un momento político complejo por los afanes de injerencia del gobierno italiano que hubiera querido influir en su nominación. En Venecia prosiguió con su apostolado, promovió el canto gregoriano, estableció la facultad de derecho canónico y se granjeó el afecto y el respeto de los fieles. Era un hombre sencillo y humilde, de inmenso corazón, sensible al sufrimiento de los pobres y enfermos. Luchó por amor a Cristo para superar sus debilidades, y huyó de cualquier atisbo de pompa y ostentación, despidiendo al servicio para ser atendido por sus hermanas. Siempre se sintió, y así aludía a su persona, como un «cardenal rural».

Muchas obras impulsó en Venecia hasta que en 1903, tras la muerte del papa León XIII, después de varias votaciones del cónclave fue elegido para sucederle. Inicialmente todo apuntaba al cardenal Rampolla, pero fue vetado por el emperador de Austria. Por eso, Giuseppe –que escogió el nombre de Pío en honor de los pontífices que habiéndolo elegido antes dieron su vida defendiendo la religión–, revocó la prebenda de los gobernantes para intervenir en nombramientos que debían regirse por la voluntad de Dios. Él mismo, abrumado por la altísima misión que se le encomendaba, y sintiéndose indigno, quiso rehusarla, sin poder contener sus lágrimas. Pero le hicieron ver que aceptando la elección cumplía la voluntad divina. Con el peso de la temblorosa soledad del que ha sido designado para regir la Iglesia, manifestó: «Acepto el pontificado como una cruz…». Creyó que Dios le daría las gracias precisas para ejercer el gobierno, como así fue. Desde el principio se propuso «renovar todas las cosas en Cristo». Hacia Él quería conducir al mundo entero, afligido al constatar que el hombre vivía de espaldas a Dios.

Era piadoso y firme; estaba lleno de caridad. Había demostrado sobradamente sus dotes para encauzar la vida espiritual de los fieles corrigiendo y animando, exhortando a todos a que dejasen penetrar en su espíritu el amor de Dios. Y en esa línea se mantuvo cultivando personalmente la oración, llevando por doquier la devoción por Cristo y por María, sin abandonar los estudios. Se ocupó de que la instrucción catequética llegase a los adultos –es autor de un catecismo–, y a los jóvenes, en las escuelas y en la universidad, de la formación del clero, diseñó un nuevo programa de estudios para los seminarios, estableció el seminario regional (le preocupaba la santidad de los sacerdotes), impulsó la redacción de un nuevo Código de Derecho Canónico, creó el Pontificio Instituto Bíblico en Roma, emprendió una importante restauración del Vaticano, dio realce a las misiones en la Iglesia, etc. También fomentó la recepción de la comunión, que aconsejaba fuese diaria, impulsó la solemnidad de los Congresos Eucarísticos, (de ahí su reconocimiento como «papa de la Eucaristía»), promovió la música sacra y dio realce al canto gregoriano. Además, combatió las herejías y plantó cara al modernismo entre otras acciones encaminadas a preservar la pureza de la fe.

En el aspecto diplomático tuvo que lidiar con distintos gobiernos reacios a la Santa Sede. Vaticinó el estallido de la Primera Guerra Mundial, y profundamente consternado manifestó: «Esta será la última aflicción que me mande el Señor. Con gusto daría mi vida para salvar a mis pobres hijos de esta terrible calamidad». Pocos días después de expresarse así, cayó gravemente enfermo. Murió el 21 de agosto de 1914. En su testamento escribió: «Nací pobre, he vivido en la pobreza y quiero morir pobre». En el funeral se resaltaron las tres virtudes características de su vida: pobreza, humildad y bondad. Pío XII lo beatificó el 3 de junio de 1951, y también lo canonizó el 29 de mayo de 1954.



Fuente: ZENIT – Espanol
via https://es.zenit.org/articles/san-pio-x-21-de-agosto-4/

sábado, 19 de agosto de 2017

El Papa Francisco pide en Twitter que el terrorismo no encuentre lugar en el mundo


VATICANO, 19 Ago. 17 (ACI).- En un mensaje publicado en la red social Twitter, el Papa Francisco lanzó un nuevo grito de condena por los atentados registrados en los días pasados en España y Finlandia, y reclamó “que la violencia ciega del terrorismo no encuentre lugar en el mundo”.

En el tuit, el Pontífice reza “por todas las víctimas”. Se trata de un nuevo mensaje de solidaridad con los fallecidos y heridos de los últimos días, después de los mensajes de condena y solidaridad lanzados con motivo del atentado terrorista cometido en Barcelona el pasado jueves 17 de agosto.

 

Rezo por todas las víctimas de los atentados de estos días. ¡Que la violencia ciega del terrorismo no encuentre lugar en el mundo!

— Papa Francisco (@Pontifex_es) 19 de agosto de 2017

 

Europa se ha enfrentado esta semana a una nueva ola de violencia terrorista que comenzó el jueves 17 de agosto con un atropello masivo en la ciudad de Barcelona que ocasionó 13 muertos y 100 heridos.

Los terroristas, pertenecientes al Estado Islámico, trataron de repetir la masacre unas horas más tarde en la cercana localidad de Cambrils con un nuevo atropello. Aunque la policía consiguió frustrar el ataque, murió una persona y otras 6 resultaron heridas.

Además, el viernes 18 de agosto, un joven apuñaló a varias personas en la ciudad finlandesa de Turku y mató a 2 personas. El ataque está todavía bajo investigación policial, pero ya se ha confirmado que se trata de un atentado islamista.

También te puede interesar:

 

El Papa Francisco envía telegrama de condena por el atentado terrorista de Barcelona https://t.co/BtXGRyRRQa

— ACI Prensa (@aciprensa) 18 de agosto de 2017

Fuente: Noticias de ACI Prensa - Vaticano
http://www.aciprensa.com/noticias/el-papa-francisco-pide-en-twitter-que-el-terrorismo-no-encuentre-lugar-en-el-mundo-63574/

San Bernardo de Claraval, 20 de agosto



 «Abad, fundador y Doctor de la Iglesia. El cazador de almas y vocaciones, un auténtico líder, experto en el arte de la dialéctica y en la retórica. Es el último de los Padres, excelso propagador del culto a María»

Nació en el castillo de Fontaines-lès-Dijon, Francia, en 1090. Cómo sería la fe de sus padres, Tescelin y Alicia, y el legado que dieron a todos sus hijos, que en cuanto pudieron cuatro de ellos siguieron a Bernardo en la vida religiosa. Como al pequeño Nivardo lo dejaron al cuidado del padre, ya que la madre había muerto, se rebeló religiosamente y logró que le permitieran seguir el mismo camino emprendido por los demás. La hermana se ocupó de atender al padre temporalmente, y profesó cuando su progenitor y su esposo ingresaron en el convento. Este excepcional modelo de familia ha sido inmortalizado por el padre M. Raymond en La familia que alcanzó a Cristo.

Bernardo recibió una extraordinaria formación en la escuela de Châtillon-sur-Seine que hizo de él un experto en el arte de la dialéctica y de la retórica. Era impetuoso, alegre, inteligente, con una personalidad impactante que no dejaba a nadie indiferente y que le causó ciertos problemas. En un momento dado combatió inclinaciones de la carne de forma drástica sumergiéndose en el hielo. Hastiado del entorno en el que se movía, porque no le llevaba a buen puerto, vio que le sumía en el vacío. Le faltaba enamorarse de Cristo para poder encauzar el enorme caudal que tenía dentro. Y eso lo halló en la vida monástica a la que llegó a los 23 años tras una aparición que tuvo en el templo, en medio de una celebración litúrgica navideña. María le hizo entrega de su divino Hijo y sintió que debía amarlo y difundir ese amor a Él de forma incesante.

Solicitó su admisión en el Císter y san Esteban Harding le acogió con los brazos abiertos. Después comunicó la noticia a la familia. La enérgica reacción de los suyos fue disuadirle de este empeño. Sin embargo, su vocación y celo apostólicos estaban tan arraigados dentro de sí que al oírle narrar las bendiciones y belleza de la consagración, sus hermanos partieron junto a él como después haría el resto de la familia, además de numerosos jóvenes del entorno que le siguieron plenamente convencidos de la bondad del ideal que tan encendidamente les dio a conocer. Ya en el monasterio, su magnetismo, unido a su virtud, seguiría atrayendo incontables vocaciones a la santidad.

Su liderazgo era incuestionable. Designado superior con 25 años, junto a tres religiosos fundó Claraval por indicación de Esteban que pudo juzgar conveniente diseminar en otros monasterios a la familia Fontaines, que engrosaba notablemente la comunidad. Sea como fuere, los monjes se incrementaron. Nada menos que casi un millar profesaron como fruto de la acción apostólica de Bernardo. Los cimientos de Claraval, del que fue abad hasta el fin de sus días, no estuvieron exentos de dificultades. El santo perseguía la austeridad en la regla y llevó personalmente sus mortificaciones a un punto tal que afectó a su salud y el abad tuvo que mediar para que la mitigara. Fue un hombre de intensa oración, y estudio, que supo encarnar estos pilares de la vida monástica junto a la pobreza y el silencio difundidos con firmeza y caridad evangélicas frente a la relajación que advirtió en Cluny.

Al tiempo que promovía vocaciones al monacato, extendiendo el Cister por Europa con la apertura de casi setenta monasterios, intervino en cuestiones eclesiales de gran alcance, solventando problemas surgidos en torno a los poderes civiles y eclesiásticos. Durante el cisma de Anacleto II defendió con vehemencia y rigor al pontífice Inocencio II en contra de Pedro Abelardo, al que refutó en sus errores. Encomiable fue su labor como predicador de la Segunda Cruzada de la que fue uno de sus promotores. Insigne propagador del culto mariano, es sobradamente conocido su amor a María, a la que dedicó las últimas estrofas de la Salve: «Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Maria», y el «Acuérdate», devoción que se trasluce en su mariología. Estaba convencido de que se llega al Hijo a través de la Madre: «per Mariam ad Iesum». Contribuyó a enriquecer el canto gregoriano, combatió a los cátaros y fue defensor de los judíos.

No gozó de buena salud porque sus prácticas y rigores en la mortificación la minaron prontamente, especialmente su aparato digestivo. Pero recorrió Europa, fue exitoso árbitro en la resolución de conflictos, redactó centenares de sermones en los que se constata su visión cristológica y mariológica; bebía de las genuinas fuentes de la tradición apostólica y el magisterio eclesial. Autor de una ingente correspondencia –algunas de sus cartas son memorables como las que envió al abad de Cluny, Pedro el Venerable–, además de opúsculos, tratados diversos de gran hondura teológica y sesgo antropológico que ponen de relieve su profunda vida mística con la que el lector se siente verdaderamente ungido y llamado a gustar del amor divino. A él se debe el texto De Consideratione, obra dirigida a los pontífices que escribió a petición de Eugenio III, que se había formado bajo su tutela en Claraval durante unos años.

La presencia de Jesús Nazareno en sus trabajos no era simple teoría. Estaba convencido, y así lo defendía porque era vivencia personal, de que quien experimentaba el amor de Dios era el que verdaderamente le conocía. Para él Jesús era «miel en la boca, cántico en el oído, júbilo en el corazón». De ahí el título que se le ha otorgado como Doctor melífluo, además de englobarse en él sus dotes de oratoria y la paz en la que envolvía a todos con sus palabras. Recibió el don de milagros. Sus hermanos hubiesen querido que suplicara la gracia de dilatar su vida, pero él respondió: «Mi gran deseo es ir a ver a Dios y a estar junto a Él. Pero el amor hacia mis discípulos me mueve a querer seguir ayudándolos. Que el Señor Dios haga lo que a Él mejor le parezca». Murió en Claraval el 20 de agosto de 1153. Alejandro III lo canonizó el 18 de junio de 1174, y fue declarado doctor de la Iglesia por Pío VIII en 1830.



Fuente: ZENIT – Espanol
via https://es.zenit.org/articles/san-bernardo-de-claraval-20-de-agosto-3/

viernes, 18 de agosto de 2017

San Ezequiel Moreno y Díaz, 19 de agosto



«Prelado español, agustino recoleto. Fue apóstol en Filipinas, Colombia y Ecuador. Canonizado en la clausura del V centenario de la evangelización de América Latina. Juan Pablo II lo puso como modelo de misionero y obispo. Es patrón de los enfermos de cáncer»

Natural de Alfaro, La Rioja, España, vino al mundo el 9 de abril de 1848. Era el segundo varón y tercero de los seis hijos del sastre Félix Moreno y de su esposa Josefa Díaz. En su infancia ya tenía claro que sería fraile, respuesta que dio a la conocida pregunta que acostumbra a formularse a los pequeños acerca de lo que desean ser de mayores. Ocurrente y simpático solventó en un segundo el comentario jocoso que hicieron en alusión a la estatura, que entonces tenía, porque en su inocencia el despierto muchacho ya presuponía que no habría nada que le impidiese cumplir su sueño: «Me pondré un sombrero de copa para ser más alto». Acompañaba a su madre al rosario de la aurora y compartía la piedad del hogar; fue monaguillo y sacristán de las dominicas. Tenía buenas dotes para la música; se le daba bien el canto y el rasgueo de la guitarra. Sobre todo, anteponía a las suyas las necesidades del prójimo.

En 1864, muerto ya su padre y con una difícil situación económica, siguió los pasos de su hermano Eustaquio, ingresando en el convento de los agustinos recoletos de Monteagudo, Navarra; un año más tarde profesó. Después se dispuso a partir como misionero a Filipinas. La expedición formada por 18 religiosos llegó a Manila en 1870. Allí fue ordenado sacerdote en 1871. Recorrió Palawan, Mindoro y Luzón. A Mindoro había ido junto a Eustaquio engrosando el número de los que debían evangelizarla, desempeñando la misión de vicario provincial de la Orden. Desplegó todo su ardor apostólico, como hizo siempre, hasta que la malaria le obligó a regresar a Manila.

En esa fecunda etapa filipina, alentado por su oración (se le ha considerado «gran orante»), la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y a María, una trayectoria llena de ayunos y mortificaciones, dando signos inequívocos de su obediencia y abnegación, ejerció su actividad con tal celo apostólico que las gentes sencillas que habían experimentado su cercanía, disponibilidad y edificante testimonio comenzaron a señalarle como un hombre santo. Amaba la vida comunitaria y cuidaba primorosamente todo lo que contribuía a realzarla, teniendo especial atención por la liturgia. En 1885 en el capítulo provincial fue designado prior del noviciado de Monteagudo y volvió a España. Los tres años que pasó allí, además de formar a los novicios en el espíritu que acostumbraba, y continuar predicando de forma incansable, socorrió a los pobres y afectados por sucesivas epidemias de cólera y viruela, muchas veces a costa de privaciones suyas y de sus hermanos.

En 1888 partió como voluntario a Colombia, integrando un nutrido grupo de religiosos, convencido de que Dios le elegía para esa nueva misión. Y jalonó con su virtud otros cinco fértiles años de vida entregada a Cristo. Iba con el empeño prioritario de restaurar los pilares de la observancia de las comunidades de su Orden. A ello se dedicó hasta 1894 sin dejar de enarbolar la bandera de la fe. Fue prelado de Pinara y vicario apostólico de Casanare, lugar inhóspito que evangelizó pasando por encima de dificultades climatológicas y enfermedades, sin escuchar las voces que trataban de disuadirle para que no llegase hasta allí con el fin de evitarle problemas. A falta de vocaciones, se desvivía multiplicándose, urgido por el amor.

Dejó el lugar con la aflicción del apóstol, en obediencia a su nueva responsabilidad como obispo de Pasto en 1895: «Me retiran de Casanare, padre Manuel, donde tantos méritos para el cielo se pueden adquirir […] y me trasladan a Pasto. ¡Hágase la voluntad de Dios! Aquí, en Casanare estaba con vosotros y vivíamos como en comunidad, por lo que todo se me hacía como fácil y llevadero. ¡Pero allá, en Pasto, qué vida tan distinta se me presenta! Voy solito, y sin ninguno de mis hermanos tendré que vivir allí. Me echo en brazos de Nuestro Señor». Esta designación lo sumió en religiosa duda: «¿Me habré hecho indigno de sufrir por Dios, mi Señor?». Pero no era así. Allí apuró otro de los cálices de su dolor. Era un prelado que vertía en sus cartas pastorales, muy seguidas en esa época, la defensa de aquello en lo que creía, con el único fin de poner en claro los compromisos de un católico, por encima de afiliaciones políticas. Puede que su afirmación: «el liberalismo es pecado», haya sido la más controvertida. Desde luego, ha hecho correr ríos de tinta entre sus críticos y detractores. Fue calumniado, perseguido, humillado…, y hasta vivió el desamparo por parte de sus superiores. También monseñor Federico González Suárez, obispo de Ibarra, terció juzgando la injerencia de Ezequiel en asuntos de aquella diócesis.

El último escalón de su incruento martirio fue un terrible cáncer de nariz diagnosticado en 1905. Con ejemplar fe y entereza, confesó: «Me he puesto en manos de Dios. Él hará su santa voluntad. Hay que descansar en lo que Él quiera hacer. ¡Qué consolador es todo esto!». Por él hubiera seguido junto a sus fieles. Pero sus superiores le recomendaron regresar a España para ser intervenido. Sintió mucho separarse de su diócesis. Quiso unirse a Cristo en su Pasión, y tuvo ocasión de mostrarlo cuando incluso debió ser privado de la anestesia porque así parecía convenir en un momento dado a la cirugía. Las sucesivas operaciones a las que fue sometido, de alto riesgo y escalofriante explicación técnica, las sobrellevó de una forma tal que el personal médico quedó impresionado de tan heroica fortaleza.

El último trecho de este calvario tuvo lugar en el convento de Monteagudo, donde eligió pasar el resto de sus días, junto a la Virgen del Camino. En medio de atroces dolores clavaba sus ojos en la cruz, y así murió el 19 de agosto de 1906. Fue beatificado por Pablo VI el 1 de noviembre de 1975, y canonizado en Santo Domingo el 11 de octubre de 1992 por Juan Pablo II, quien lo ensalzó como insigne misionero y pastor, modelo en el V Centenario de la evangelización de América que se celebraba.



Fuente: ZENIT – Espanol
via https://es.zenit.org/articles/san-ezequiel-moreno-y-diaz-19-de-agosto-2/

Cercanía a los católicos y paz en Rusia



El objetivo de esta visita del Secretario de Estado del Vaticano a Rusia “será una oportunidad para mostrar la cercanía espiritual del Papa a la comunidad católica local”, expresan en el comunicado de la Santa Sede.

La Santa Sede confirma que el Cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado, visitará la Federación Rusa del 21 al 24 de agosto de 2017, a invitación de las autoridades del país. Irá acompañado por el Mons. Visvaldas Kulbokas, Consejero de Nunciatura y Oficial de la Sección de Relaciones con los Estados de la Secretaría de Estado.

“El propósito de la visita es reunirse con las más altas autoridades civiles y los principales líderes de la Iglesia Ortodoxa Rusa”, expresa la Santa Sede en el comunicado, y también “será una oportunidad para mostrar la cercanía espiritual del Papa a la comunidad católica local”.

El Cardenal Mons. Parolin dialogará con el presidente Putin prioritariamente sobre la búsqueda del “diálogo”, la “paz” y el “bien común”, así lo ha expresó en una entrevista publicada en el diario italiano “Corriere della Sera” (Leer artículo de Zenit).

El prelado insistió en que, por lo tanto “la necesidad y la urgencia de buscar la paz y cómo lo hacen sin duda será uno de los temas principales de las conversaciones”, afirmó el Cardenal Parolin.

En las diversas conversaciones, además de las cuestiones relativas a los intereses bilaterales, se darán las relativas a la situación internacional y, en particular, a la “búsqueda de soluciones pacíficas a los conflictos en curso, prestando especial atención a los aspectos humanitarios”, apunta la Santa Sede.

Programa

Según el programa previsto, el Secretario de Estado tendrá una reunión con los obispos católicos del país el lunes 21 de agosto de 2017, y por la noche celebrará la Santa Misa en la Catedral de la Inmaculada Concepción, en Moscú, seguida de un momento de convivencia con los representantes del clero y los laicos.

Para ese mismo día, hay prevista una entrevista con el Metropolita Hilarión de Volokolamsk, Presidente del Departamento de Relaciones Exteriores del Patriarcado de Moscú.

El martes, 22 de agosto, se dedicará a una sesión de trabajo con el Ministro de Asuntos Exteriores, Serguéi Lavrov, y, por la tarde, a una visita al Patriarca Kirill de Moscú.

El miércoles 23 de agosto, el Secretario de Estado viajará a Sochi para reunirse con el Presidente de Rusia, Vladimir Putin. En la mañana del jueves 24, el Cardenal Parolin regresará a Roma.



Fuente: ZENIT – Espanol
via https://es.zenit.org/articles/cercania-a-los-catolicos-y-paz-en-rusia/

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